La necesidad de retirarnos de vez en cuando, a solas, para orar.

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DOMINGO 19° – ORDINARIO – Ciclo “A” – (1Re 19, 9.11-12; Mt 14, 22-33)

Hermanos, en mayor o menor grado, los seres humanos sufrimos de miedo -quien diga lo contrario es un mentiroso-. Y hay personas cuya cultura, carácter y sentimientos los hacen formidables “médium” para materializar fenómenos y fantasías. También, mientras menos culta sea la fe, basta que una persona se imagine ver en las sombras de la noche, a un ser con los ojos llenos de fuego,  sonriendo o hablando de manera siniestra; para contagiar a un grupo y a un pueblo entero.

FANTASÍAS Y TEOFANÍAS

Por eso, todavía, aunque ya existe la luz eléctrica en casi todas partes, hay sitios donde es tanto el miedo que se tiene a los muertos y fantasmas, que hasta se aparecen… Por eso a los cristianos nos toca aprender a diferenciar las fantasías de las teofanías. Mientras las fantasías motivan el miedo y llevan a algunos a materializar fantasmas en cualquier ocasión y lugar, las “teofanías” son signos reales mediante los cuales Dios manifiesta su presencia sin llegar a identificarse con ellos.

En la 1ra. Lectura de hoy, vemos a Elías en el desierto, en una cueva del monte Horeb, a donde había ido para orar y encontrase con Dios. Se dice, que era la misma cueva que sirvió a Moisés de refugio. Elías, obedeciendo la orden de salir de la cueva, para contemplar al  Señor, fue testigo de una manifestación del poder de Dios en un huracán que removía los montes y quebraba las peñas; también, en un terremoto y en un fuego; pero, en ninguna de esas fuerzas que pueden causar temor a cualquiera, pudo identificar a Dios. Sólo pudo experimentarlo después de permanecer en silencio y escuchar el “murmullo de una brisa suave”. Una forma de comportarse Dios la mayoría de las veces. De allí, la importancia de la oración y el silencio interior para experimentar a Dios. Y algo para resaltar: Elías y Moisés, -testigos durante la transfiguración-  se cubrieron el rostro  ante la presencia de Dios (cf. 1Re 19,9.11-13; Ex 6,13).

JESÚS SE ACERCÓ CAMINANDO SOBRE EL AGUA

En el Evangelio, apreciamos lo ocurrido después del milagro de la multiplicación de los panes del domingo anterior: Jesús, sintiendo la necesidad de quedarse solo en el monte para orar, ordenó a sus discípulos subir a una barca e ir delante de él a la otra orilla. Y mientras él se aleja se hizo de noche y sobrevino una gran tormenta. Para los apóstoles, ese hecho sería el preámbulo de una manifestación del poder de Dios en Jesus, similar a lo ocurrido  con Elías y Moisés en el desierto.

Dice el evangelio, que cuando estaba amaneciendo, Jesús caminando sobre las aguas se acercó a la barca. Los discípulos no pudieron reconocerlo, por eso, asustados gritaron: “¡Es un fantasma!”. Jesus para calmarlos les dijo: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Pedro, haciendo lo que la mayoría acostumbramos hacer, pidió pruebas: “Señor, si eres tú, mándame a ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le dijo: ven”. Entonces, Pedro se lanzó y caminó sobre las aguas, pero al sentir el oleaje y el fuerte viento se asustó y empezó a hundirse. Por eso, gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Y Jesús, sosteniéndolo por la mano, le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Finalmente, cuando  “subieron a la barca, y el viento había calmado”, los que estaban en la barca, se postraron ante él diciendo: “Verdaderamente, eres Hijo de Dios” (cf. Mt 14,22-23).

¿QUÉ CLASE DE FE ES LA NUESTRA?

Hermanos, este episodio, nos hace recordar que el miedo es una dependencia contraria a la fe. Una insuficiencia que estropea  nuestra iniciativa para caminar al encuentro de Jesús. Por eso, muchos requerimos de su presencia sólo en las horas de prueba y dificultades; es decir, ante la mala situación económica, una enfermedad o ante la muerte; como ejemplos. Mientras la mar de nuestra vida está serena, Dios no existe o no es necesario agradecerle. Entonces, ¿Qué clase de fe será la nuestra?

SOLO LA HUMILDAD DE LA FE NOS SALVA

La inseguridad y el miedo, a menudo nos hunden, porque navegamos sobre un mar personal muy cargado de soberbia y  egoísmo.  Muy  deficiente  en  el  conocimiento  del Jesús. Por eso, no es suficiente decir: “! Señor, Señor!”, sino ser prudentes como el que construye su casa sobre roca. Sólo la humildad de la fe y el testimonio salvan (cf. Mt 7,21-27). Jesús es roca segura ante cualquier desgracia, desafío y dudas espirituales (cf. Sal 95,1).

Que la gracia y la paz del Señor nos acompañen y nos recuerden siempre,  la necesidad de retirarnos de vez en cuando, a solas, para orar Y, que ante las tentaciones confiados podamos gritar: “¡Sálvanos, Señor que nos hundimos!… Así sea.-

 

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