Jesús ofrece su corazón y regala su amistad a todos.

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206aDOMINGO 14° ORDINARIO – Ciclo “A” –  (Texto: Mt 11, 25-30)

Se ha comprobado que no son los violentos y poderosos los que viven la vida con más alegría. En cambio, los sencillos y  humildes; los que sin mezquindad ni recelos se abren a Dios y a sus semejantes, sí. A esas personas de cualquier edad, sexo o condición social; que con mucho esfuerzo no dejan que la soberbia ni la injusticia ensucie ni desvíe sus corazones, la Iglesia llama “santos”.

LA EXPERIENCIA DE UN SANTO

Un ejemplo de ellos, lo encontramos en San Bernardo, que viviendo en el convento, tentado por el demonio de la soberbia, tuvo momentos de mucha incertidumbre. Tantos, que llegó a pensar que Dios lo había abandonado.  Por eso, “sentía deseos de llorar pero sus ojos estaban secos; quería rezar, pero los salmos huían de sus labios. Sólo concebía tristeza al mirar la alegría y el fervor de sus compañeros del convento”.

LO TIENES MERECIDO

Como un consejo para todos los que sufrimos del mal de la soberbia y nos sentimos desamparados, sin paz ni alegría; bueno podría  resultar la meditación de estas palabras de San Bernardo: “Lo tienes merecido. Te cubrió la soberbia del corazón, que no te deja pensar sino en ti y en tus virtudes; la soberbia de la lengua, que te impulsa a hablar sólo de ti y de tus cosas… la soberbia en el obrar, que te lleva siempre a buscar el primer puesto, a no hacer el bien sino para ser alabado, a no querer perdonar las ofensas, a no querer alegrarte con los que se alegran ni a dolerte con los que sufren… Te domina la soberbia. Dios se acerca a los corazones humildes y mansos, pero no a tu corazón”…

NO DERRAMÓ MÁS SANGRE QUE LA SUYA

Hermanos, a menudo las revoluciones de los hombres que se apoyan en las armas de la guerra, como lo demuestra la historia, vienen cargadas de soberbia. Al respecto, el diccionario de la RAE define la palabra “revolución”, como un “cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación”. Y, en relación con “violento”, dice: que es todo lo “que se ejecuta contra el modo regular o fuera de la razón y justicia”.

UN MESIAS HUMILDE Y MONTADO SOBRE UN ASNO

¡Qué diferente fue la revolución del Jesucristo! cuyo momento cumbre fue la infame condena y muerte de cruz, sin derramar más sangre que la suya. En la 2ª parte de la 1ra, Lectura de hoy, Zacarías habla de un “mesías” que vendría humilde, manso y pacífico: “montado sobre un burro” -animal de trabajo- y no sobre un caballo -animal guerrero- (Zac 9,9). Una imagen o fiel expresión de la entrada triunfal de Jesús  a Jerusalén (cf. Mc 11,1-11; Jn 12,12-19; Mt 21,1-11). Un rey pacífico y justo. Colmado de humildad, obediencia y servicio. Con el poder de llevar a cabo la voluntad de Dios  impartiendo la única y verdadera justicia.

DIOS SOLO SE REVELA A LOS HUMILDES Y SENCILLOS

La humildad junto a la obediencia, son virtudes que hacen al hombre fuerte por la gracia y sabio por la revelación. En Jesús estas dos virtudes nos abrieron las puertas del cielo. En el texto del evangelio de hoy, llamado el “Magníficat de Jesús”, el “Hijo” elogia al “Señor del cielo y de la tierra”, llamándolo  familiarmente “Padre”, y lo alaba por un conocimiento que no se  puede adquirir con esfuerzo o trabajo personal, sino como un don del mismo Dios, que solo se revela a los humildes y sencillos: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Si Padre, así te ha parecido bien. (Mt 11,25-26).

SIN MI NO PUEDEN HACER NADA

Una revelación divina que no es asunto de sabiduría humana, sino cuestión de fe. Un regalo de Dios para todos,  pero  sólo el sencillo y humilde de corazón puede aceptarla y vivirla con alegría. Los soberbios, los que se creen sabios y entendidos, por poseer categorías y maneras de pensar distintas del que dijo: “Sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5); difícilmente podrán abrirse a las manifestaciones de Dios, porque no admiten su existencia.

JESUS NOS CONOCE, AYUDA Y LEVANTA

Hermanos, Jesús, conociendo nuestras virtudes y defectos,  nuestras cruces y sufrimientos; hoy, nos alienta diciendo: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo les aliviaré. Carguen  con  mi  yugo y  aprendan de  mí,  que  soy  manso y  humilde de corazón, y encontrarán su descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30). Recordemos, que toda soberbia y desesperación es un yugo demasiado pesado para los que no tienen un corazón amigo. Jesús ofrece su corazón y regala su amistad a todos. Especialmente a los más alejados, a los que sufren tratando de sobrellevar cargas; que como la vida misma, a veces, parece oprimir y asfixiar demasiado. “El peso del amor de Jesús levanta a quien lo lleva”. Así sea.-