Homilía de +C. Oswaldo Azuaje Pérez, OCD, en la Ordenación Presbiteral de Yovani Segovia

images

Pampán, Trujillo, 21 de junio de 2014

En esta parroquia de Nuestra Señora de Chiquinquirá, que preside tu pueblo hoy –memoria de San Luís Gonzaga-, diácono Yovani Segovia, recibirás el sacramento del Orden Presbiteral. Eres así el primer diácono de nuestra amada Diócesis de Trujillo que este año recibe por la imposición de mis manos de obispo este sacramento. Dios bendice a nuestra diócesis y bendice a este pueblo trujillano.  ¡Bendito sea el Señor que tanto nos ama y procura darnos de entre el pueblo hombres que quieran entregar su vida al servicio de su Evangelio y en la comunión de la Iglesia Católica!

 Por medio de este sacramento,  te configurarás a Cristo, siendo “otro Cristo” para que a través de ti tus hermanos reciban la abundancia inagotable de la gracia de Dios y la fuerza de la Palabra santificadora que viene de él en su Hijo hecho hombre quien, muerto y resucitado, sigue presente en el mundo a través de la Iglesia. En esta Iglesia, que representa la unidad en la Iglesia Universal, y que hoy solemnemente te reconoce, Yovani, como digno de recibir el ministerio presbiteral para ser sacerdote de Cristo, vas a recibir por la imposición de mis manos, acompañada de gestos y palabras –como sucesor de los apóstoles-, una nueva misión y encomienda: ser un evangelio viviente, ser colaborador de tu obispo en comunión de sacerdocio al servicio del pueblo de Dios.

Eres un hombre sacado de entre los hombres, un hombre que ha sido redimido y salvado por Cristo, que experimenta y ha experimentado su fragilidad y pequeñez. Es importante que así sea pues todo seguidor de Él debe vivir la experiencia de ser salvado, conquistado por su amor. Jesucristo eligió a algunos discípulos suyos para que en la Iglesia desempeñen en su nombre y para el bien de los hombres, el servicio sacerdotal como “sacerdocio ministerial”. Has recibido un llamado para ser instrumento de salvación de parte de Dios entre los hombres, expresión de su misericordia infinita.

Jesucristo envió a sus apóstoles para predicar el evangelio, bautizar en su nombre y continuar así su obra salvadora en el tiempo y  el espacio. Hoy, Yovani, asumes una gran responsabilidad y un enorme compromiso con la Iglesia trujillana, la Iglesia entera y la humanidad desde esta tierra andina en la que naciste, donde creciste y donde Dios te llama. La Diócesis de Trujillo –y con ella tu pueblo natal- se alegra hoy porque tiene en ti un nuevo sacerdote. Esta iglesia particular te necesita y hoy te acoge gozosamente en su comunión plena. La Virgen del Rosario de Chiquinquirá también se alegra porque un hijo suyo va a seguir los pasos de Cristo Sacerdote y va a proclamar la grandeza de Dios, como ella lo hace en el evangelio y lo sigue haciendo hoy con este pueblo.

Como Jesús, el Señor, vienes de una familia humana y un gentilicio. Desde tus raíces, después de pensarlo muy bien y haber sido probado por el crisol de la vida, luego de haber bebido de la misericordia infinita de Dios, ahora serás un intermediario experimentado y propulsor de la misericordia de Dios para con todos los hombres y mujeres.  Tendrás manos de comunión que enlacen y unan a los que están en enemistad, a los que se odian, a los indiferentes.Tus manos serán manos que bautizarán, que conducirán a Cristo a los niños, jóvenes y adultos. Serán manos que bendigan a los esposos para ser testigos y signo del amor esponsal de Cristo a su iglesia. Esas mismas manos serán fuente de consuelo y unción saludable para los enfermos, los ancianos, los moribundos.

El servicio sacerdotal te integrará al caminar de tu Iglesia trujillana, Iglesia en marcha a través del Sínodo Diocesano. Harás camino con tu obispo y con esta iglesia, discípula misionera, con sus logros y conquistas, así como con sus fracasos. Desde tu testimonio vivirás aquel “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Como sacerdote contribuirás al crecimiento de la santidad de la iglesia en la que vives. Así serás “buen colaborador del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor y dejándote guiar por el Espíritu Santo”.

La unidad en la Iglesia es un designio de Jesús: “que todos sean uno”. Tu ser de sacerdotete llamará continuamente a vivir en comunión eclesial y a ser promotor de ella en medio del pueblo de Dios, porque todos somos iglesia. A todos nos congrega el único Pastor, Jesús, quien nos escogió para ser sus enviados, sea como obispos, sea como sacerdotes, sea como religiosos, sea como laicos. Y todos contribuimos a la construcción de la unidad en un mismo amor. Esto se manifiesta en el testimonio que llama a realizar lo que pedía San Ambrosio: “que su santidad sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres… y vendrán a ser imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres”. Una santidad sacerdotal que será comunión con Dios, comunión con los hermanos y comunión entre todos los hijos de un mismo Padre, Dios. Esta comunión de la Iglesia la ejercerás con tu Obispo y con tus hermanos sacerdotes, fomentando el amor recíproco y la obediencia a la voluntad de Dios, la pondrás también en ejercicio a través de la generosa escucha y cercanía con el pueblo de Dios a ti encomendado.

“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”, así señala con fuerza el evangelio de Juan. Una invitación permanente para“unirte cada día más a Cristo, sumo Sacerdote que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, y con él consagrarte a Dios para la salvación de los hombres”.

Tu ministerio será ministerio de la Palabra. Tus oídos serán para escuchar a Dios y para escuchar a tus hermanos, los hombres. Lee, ora y medita la Palabra de Dios. No te apropies de ella, porque no te pertenece, entrégala como Jesús mismo la entregó a todos, para dar vida, para producir frutos de conversión y de amor. La sabiduría que nace del encuentro con la Palabra es consecuencia de la unión y fidelidad al Espíritu Santo, el Espíritu del Señor. Tú sembrarás, y el Espíritu de Dios que en todo momento te asiste, dará el crecimiento y los frutos.

El sacerdote celebra los sacramentos y así contribuye a la santidad de cada persona. Por ese motivo la iglesia te invita hoy: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del  Señor”. La Eucaristía es el misterio de comunión y de amor por excelencia, su celebración es una perenne invitación a considerar lo que realizas e imitar lo que conmemoras, conformando tu vida con la cruz de Cristo. El sacerdote, como gustaba definirlo Juan Pablo II, es el “hombre del altar”. En el altar se celebra el más grande sacrificio inmaculado e incruento, la entrega total de Dios en el “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre”. Y así como Jesús es todo para nosotros que comulgamos con su cuerpo y su sangre, así mismo el sacerdote está llamado a vivir para los demás. Tú, pues, hijo, recibe esta invitación de ser eucaristía para los demás pues Jesús mismo efectuará en ti el más grande milagro: realizar en nombre de Cristo y por la iglesia el misterio de la eucaristía. Humilde don de Dios: ser pan de vida y bebida de salvación y humilde don de la Iglesia: ser sacerdote de Jesucristo.

Quiero saludar y felicitar, finalmente, a tus padres, hermanos y familia entera. Dios les ha dado una gran bendición en ti y tú has sido bendecido por tener una familia a la que amas. Que haya muchas familias que se abran generosamente a la entrega a Dios de aquellos hijos que sientan su llamado al sacerdocio y a la vida consagrada. No tengan miedo, Dios da el ciento por uno.

La iglesia hoy en oración le pide a Dios por ti para que puedas: “perseverar al servicio de su voluntad para que, en tu ministerio y vida, busques solamente la gloria de Cristo”. Me uno a esta oración de la Madre Iglesia porque vas a vivir enormes retos que plantea el mundo de hoy, cada vez más huérfano de fe, más necesitado de amor. Que la Virgen Santísima guíe siempre tus pasos y te conduzca a Cristo para que puedas entregar a Cristo a los demás.