“Deja al Espíritu Santo obrar en tu vida”

buena nueva

Cada uno de nosotros trae una luz al mundo, la Luz de Cristo. “Yo Soy la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo”, dijo el Salvador. Y no tenemos tranquilidad hasta que no dejamos que ella salga y nos ilumine.  Esa mechita que permite que se encienda la  luz en nosotros tiene un nombre: El Espíritu Santo. Él es el tercer miembro de la Trinidad, Es el Consolador, el Espíritu de Dios, el Santo Espíritu de la Promesa.

El principal objetivo del Espíritu Santo consiste en construir  en nosotros un hombre nuevo en Jesucristo, es decir, que el Espíritu Santo nos inspire pensamientos y sentimientos conformes con los de Jesucristo. “En la medida en que el Espíritu de Señor opera en nosotros, nos parecemos más a él y reflejamos más su gloria” (2 Cor. 3,18).

No hay otro medio de santificación fuera del Espíritu Santo.El derecho a tener su compañía constante es uno de los dones más grandes que podemos recibir en la vida mortal, porque por medio de la luz de sus susurros y de su poder purificador, podemos ser guiados de regreso a la presencia de Dios, porque sólo él tiene el poder para hacer los cambios que Dios quiere efectuar en nuestras vidas. Este proceso se llama santificación.

La santidad más que una pesada carga debe aparecer ante nosotros como un apasionante desafío. Se trata de un largo camino por recorrer, no exento de dificultades, un proceso largo, una estira y afloja entre Dios y el hombre, hasta que nos entregamos totalmente a Él y esto se logra, cuando permitimos, sin miedos, que el Espíritu Santo haga su obra en nuestras vidas, como lo veremos en el cuento que sigue a continuación:

“Erase una vez una pequeña vela que vivió feliz su infancia, hasta que cierto día le entró curiosidad en saber para qué servía ese hilito negro y finito que sobresalía de su cabeza. Una vela vieja le dijo que ese era su “cabo” y que servía para ser “encendida”. Ser “encendida” ¿qué significaría eso? La vela vieja también le dijo que era mejor que nunca lo supiese, porque era algo muy doloroso.

Nuestra pequeña vela, aunque no entendía de qué se trataba, y aun cuando le habían advertido que era algo doloroso, comenzó a soñar con ser encendida. Pronto, este sueño se convirtió en una obsesión. Hasta que un día, “la Luz verdadera que ilumina a todo hombre”, llegó con su presencia contagiosa y la iluminó, la encendió.

Muy pronto se dio cuenta de que haber recibido la luz constituía no solo una alegría, sino también una fuerte exigencia… Tomó conciencia de que para que la luz perdurara en ella, tenía que alimentarla desde el interior, a través de un diario derretirse, de un permanente consumirse… Entonces su alegría cobró una dimensión más profunda, pues entendió que su misión era consumirse al servicio de la luz y aceptó con fuerte conciencia su nueva vocación.

A veces pensaba que hubiera sido más cómodo no haber recibido la luz, pues en vez de un diario derretirse, su vida hubiera sido un “estar ahí”, tranquilamente. Hasta tuvo la tentación de no alimentar más la llama, de dejar morir la luz para no sentirse tan molesta.

También se dio cuenta de que en el mundo existen muchas corrientes de aire que buscan apagar la luz. Más aún: su luz le permitió mirar más fácilmente a su alrededor y alcanzó a darse cuenta de que existían muchas velas apagadas. Unas porque nunca habían tenido la oportunidad de recibir la luz. Otras, por miedo a derretirse. Las demás, porque no pudieron defenderse de algunas corrientes de aire. Y se preguntó muy preocupada: ¿Podré yo encender otras velas? Y, pensando, descubrió también su vocación de apóstol de la luz. Entonces se dedicó a encender velas, de todas las características, tamaños y edades, para que hubiera mucha luz en el mundo.

Cuando presentía que se acercaba el final, porque se había consumido totalmente al servicio de la luz, identificándose con ella, dijo con voz muy fuerte y con profunda expresión de satisfacción en su rostro: ¡Cristo está vivo en mí!

Hoy en día se habla mucho de “gastarse por Cristo” lo cual es muy loable, y mejor, claro está las dos cosas juntas en un orden sensato…“Sólo una llama enciende a otra llama‟ dice una expresión muy conocida. Por esta  razón, hay que encender la “Chispa”  del Espíritu Santo en nuestros corazones, para que así, convertidos en una velita encendida y llena del amor de Dios,  llevemos  el fuego nuevo a los demás, derrotando de esta manera a Satanás, ya que la luz hace desvanecer la oscuridad… y al final terminar como ella, viviendo el amor con todas sus consecuencias, pero, llenos de gozo, por una vida vivida en plenitud en Cristo y para Él.

“Preguntémonos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le rezo para que me dé luz y me haga más sensible a las cosas de Dios? Es una oración que tenemos que rezar todos los días: “Espíritu Santo, haz que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, a la belleza de Dios todos los días”. … tenemos que cumplir este deseo de Jesús y rezar todos los días al Espíritu Santo para que abra nuestro corazón”. (Papa Francisco).