Incansable operador de unidad, verdad, paz y amor.

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24052007PentecostesWebSOLEMNIDAD DE PENTECOSTES – Ciclo “A” (Texto: Jn 20, 19-23)

Hermanos, en el Antiguo Testamento, mucho antes del cristianismo, la solemnidad de Pentecostés que celebramos hoy, era llamada la “fiesta de la vendimia o de la cosecha” (Cf. Ex 23,14-17; Lv 23; Dt 16,16). Ese día el pueblo hebreo, en agradecimiento a Dios, ofrecía las primicias de todo lo cosechado. Más tarde Pentecostés pasó a ser la fiesta de aniversario de la Antigua Alianza; es decir, la fiesta del pacto de Dios con Moisés en el desierto después de la salida de la esclavitud en Egipto.

EL PENTECOSTÉS DE LA NUEVA ALIANZA

Para nosotros, los cristianos Pentecostés, que significa “cincuenta días” -los mismos que han pasado desde el día de la Resurrección- es la fiesta del Espíritu Santo. La fiesta de la Nueva Alianza de Dios con el Nuevo Pueblo, que es la Iglesia. Aquel día Jesucristo Resucitado y convertido en Señor del universo por su glorificación y exaltación al Padre, envió al Espíritu Santo prometido, de manera sensible y plena sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo. Éste hecho se aprecia en la “teofanía” o manifestación de la divinidad de Dios que narra la 1ra. Lectura de hoy: “Un gran ruido, como de vientos huracanados y la aparición de lenguas de fuego que al posarse sobre cada uno de ellos, los llenaba del Espíritu Santo” (cf. Hch 2,1-4). Otro de  los acontecimientos cumbres de la Iglesia y de  la humanidad.

MISIÓN UNIVERSAL DE LA IGLESIA

Ese día comenzó el tiempo del Espíritu Santo y nacía la Iglesia para la evangelización de todos los pueblos de la tierra. Los primeros discípulos con gran valor y alegría, haciéndose entender en todos los idiomas y en todas las culturas, salieron a pregonar al mundo la paz verdadera en las maravillas del Evangelio. Una clara señal  de la misión universal de la Iglesia. Un signo de unidad de los hombres entre sí y con Dios, sin importar las razas ni el nivel social o cultural entre ellos (cf. Hch 2, 5-11).

MENSAJEROS DEL EVANGELIO Y DEL PERDÓN

En el texto del Evangelio de hoy, el evangelista San Juan nos narra lo que ocurrió al anochecer del día de la Resurrección, cuando Jesús se apareció deseando la paz y mostrando las heridas de sus manos y el costado a los apóstoles, que se habían reunidos   en   una    casa  con  las  puertas cerradas por miedo a los judíos. También aquel día, después de renovar el saludo la paz, Jesús les dijo: “Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes”. Seguidamente, soplando sobre ellos, dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios los perdonará, y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá” (Jn 20, 22-23).

En lo anterior apreciamos una indudable coincidencia con Dios Padre y Creador, quien sopló para dar vida al primer hombre Adán. El día de Pentecostés, Jesús, el Hijo de Dios, también sopló infundiendo el Espíritu Santo sobre los apóstoles para hacerlos nueva creación y protagonistas de una nueva misión: la misión de evangelizar y perdonar. Un requisito de purificación imprescindible en la formación del nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia.

SIGUE EN NOSOTROS DE MANERA INVISIBLE

Hermanos, después que Jesús cumplió su promesa de enviar al Espíritu Santo a la tierra, para que llenara con sus dones y carismas a todos los bautizados, ascendió a los cielos, pero nunca dejó de permanecer a nuestro lado. El Señor sigue de manera invisible en el Espíritu Santo hasta el fin del mundo con nosotros.  Entonces, lo que los primeros cristianos habían percibido sensiblemente, nosotros, los creyentes de ahora, lo aceptamos por la fe. Esto para algunos, pudiera resultar difícil de entender; sin embargo, a menudo nos acurren cosas que bajo una serena reflexión, de manera silenciosa nos comprueban su existencia. ¿Cuántos, después de una oración de fe, no hemos sentido luz en la oscuridad o ánimo y confianza en las dudas? ¿Cuántos, en la tristeza o el peligro, no hemos sentido manar un consejo o una frase  que inspira la reacción adecuada?…

OPERADOR DE LA VERDAD, LA UNIDAD, LA PAZ Y DEL AMOR

Hermanos, tengamos presente que la vida según el Espíritu es lo que distingue al verdadero cristiano del que no lo es. Y aunque no  toda manifestación  pueda ser considerada a la ligera como una acción del Espíritu Santo; si es esta Tercera Persona, la que edifica a la Iglesia en un solo cuerpo: el cuerpo místico de Cristo.  San Pablo lo expresa hoy, cuando dice: “Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo espíritu; hay  diversidad de servicios pero un mismo Señor… En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (1Cor 12:3bss). Y sus dones no cesan de comunicarse. El Espíritu Santo es un incansable operador de unidad, verdad, paz y amor. Así sea.