El trabajo es una bendición de Dios

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Un pobre campesino, estaba sentado a la puerta de su pobre rancho medio destruido, cuando se le acercó un pasajero y le pidió un vaso de agua. “¿Cómo le va con la cosecha del algodón?” Le preguntó. “No tengo algodón”, contestó el campesino. “Tuve miedo que me lo comiera el picudo”. “El maíz, entonces, ¿Cómo va?” “Tampoco sembré maíz”, le contestó. “Temí que no lloviera”. El forastero, un poco confundido, siguió preguntándole: “¿Y las papas, cómo van? “No sembré papas, porque tuve miedo a los gusanos”. “Pero hombre: ¿Qué sembró Usted, entonces? “Nada”, respondió el campesino. “Quise ir sobre seguro”.

Cuando el trabajo no es un valor, todas las excusas o pretextos son buenos para no trabajar. Y pensar que el trabajo, no es una consecuencia del pecado original. Cuando Dios creó al hombre, le dio la responsabilidad de trabajar y cuidar la tierra. “Tomó, pues, Yahveh al hombre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). El trabajo es una bendición de Dios y no un castigo, por eso debemos trabajar, no con desgano o dejadez, sino con confianza, alegría y cariño, porque haciendo las cosas bien, es la mejor manera de colaborar con Dios.

En vez de alimentar tu pesimismo, dale las gracias al Señor por tus capacidades, por tu trabajo y por todas las bendiciones que te ha preparado. Prométele que te esforzarás para Él y para su Reino. Demostrando que eres su hijo y trabajando con calidad, excelencia e integridad, como Él te enseñó con su ejemplo. Y no olvides: que trabajar con esfuerzo pensando en el bien común, es una bendición.

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