DOMINGO 4º – ORDINARIO – Ciclo “B” – (Texto: Mc 1,21-28)

el_dia_del_se+¦or

   Con frecuencia la gente se queja de la falta de autoridad de algunos padres de familia, de algunos educadores, gobernantes  y de cualquier otro, que habiendo sido escogidos y colocado para dirigir alguna comunidad civil o religiosa, no cumple con las expectativas.  Por eso, resulta común escuchar expresiones como esta: “Fulana o fulano es bueno…, pero pobrecito, le falta autoridad. La gente hace con él lo que quiere”. También, esta respuesta: “Pero, ¿con qué autoridad Usted me exige eso…?” Es que toda persona superior en jerarquía o responsabilidad, debe gozar de autoridad para ejercerla.

ENSEÑAR CON AUTORIDAD

   Si tener autoridad es muy importante en cualquier profesión o actividad humana, la noble misión de orientar y enseñar, lo es más todavía. El que enseña debe gozar de ciertas condiciones como estas: 1).- Dominar muy bien lo que enseña: el educador no puede ser como aquel loro que aprende de memoria las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir; pero cuando se le plantea un simple problemita, se queda callado porque no sabe de qué le están hablando. Es lo que ocurre con un radio, un televisor o teléfono: hablan y hablan, pero no saben lo que dicen. 2).- La verdad por delante: Cualquiera puede dominar un tema o la materia entera; sin embargo, por alguna intención personal o por dinero, es capaz de mostrar como verdadero lo que es falso. Es lo que frecuentemente sucede con el proselitismo político o religioso: allí, la manipulación sobrepasa a lo honesto. 3).- Debe cumplir y practicar lo que enseña: “Si las palabras mueven, el ejemplo arrastra”. Enseñar una cosa y practicar lo contrario, es destruir con los pies lo que se intentaba enseñar con la boca y las manos.

LA  AUTORIDAD DE JESUS

    En el evangelio de hoy, San Marcos,  nos habla de la autoridad con que Jesús enseñaba. Dice, que en la sinagoga, “los oyentes quedaban asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien  tiene autoridad y no como los escribas (Mc 1, 22).  Es que la autoridad de Jesús (Hijo de Dios), expresando la verdad con sencillez, con libertad y sin miedo,  era la misma sabiduría del Padre: omnipotente en ciencia. Por eso les dijo: “Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16). Los escribas no. Ellos, eran simples eruditos que apoyaban sus enseñanzas en las leyes. Jesús  era  la Ley  misma. Por eso el cristiano,  aunque  la verdad que pronuncie pueda producir malestar, rechazo, enemistad, odio y deseo de venganza en los que engañan y mienten, no puede quedarse callado. Siguiendo el ejemplo de Jesús, con mucho respeto a la libertad y a la dignidad de las personas, debe pronunciarse siempre.

JESÚS CONTRA EL ESPÍRITU MALIGNO

   El evangelio dice que aquel día en la sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo -malo-, que desde el cuerpo del hombre, reconociendo quién era el Señor, gritó: “¿Qué quieres tú de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Vienes a destruirnos? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Inmediatamente, Jesús, con la fuerza de su palabra, venció y liberó al hombre diciendo: “¡Cállate y sal de él!” (vv. 23-27). Aquel espíritu maligno que había hablado en plural: “¿Qué quieres de nosotros?”, “¿vienes a destruirnos?”; sigue manifestándose en los seres humanos, aún en nuestro tiempo. ¿Cuántos hombres y mujeres, tenemos miedo de cambiar nuestras oscuras costumbres? ¿Cuántos, tenemos miedo y nos molesta escuchar la palabra de Dios explicada por un familiar, por un amigo o por algún sacerdote aquí o fuera de la iglesia? Nos da miedo perder dinero por dejar de trabajar un domingo o porque nos resulta incomodo y doloroso escuchar las verdades que el sacerdote a menudo pronuncia. Es más fácil decir y mentir, que aceptar aquella verdad que nos cuestiona y nos desubica…

NO ES FÁCIL DEJAR EL MAL.  DEBEMOS COLABORAR.

    Dice el Evangelio, que el espíritu inmundo al salir del hombre dio un alarido y lo sacudió con violencia (v. 26). Tal vez, porque el mal, como cualquier vicio, no es fácil dejar. “Todo cambio se realiza con dolor”. Jesucristo, que tiene interés por cada persona, vino a sanarnos y liberarnos de cualquier mal físico o espiritual -espíritus malignos-; pero no lo quiere hacer solo. El enfermo que quiera curarse, debe esforzarse en colaborar con el Señor.

    También hoy, en esta iglesia, como aquel día en la sinagoga probablemente no hay un solo hombre poseído por un espíritu, sino que somos muchos poseídos por los espíritus de la ambición, del poder y del sexo… ¡Cuántas  familias y nuestra patria, viviendo de incomprensión, odio y rencores!  Entonces, ¿Por qué, no reconocer la autoridad y el poder de Jesús para pedirle, que nos ayude y retire todos esos espíritus inmundos? ¡Que se callen y nos dejen! Con fe y nuestra colaboración podríamos ser libres. Así sea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *