DOMINGO 2º ADVIENTO – Ciclo “B”  – (Texto: Mc 1,1-8) PREPARAR LOS CAMINOS DEL SEÑOR

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     Después de la misa del domingo pasado, alguien me dijo: “Padre, ¿por qué, usted habló tanto de la muerte? Yo le respondí, que ”estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora” (Mc 13,33), era una parte importante del Evangelio de ese día. Al respecto, Platón decía, que parte de “la educación consiste en decir las cosas que todo el mundo sabe, pero que no queremos que nos las digan ni nos las recuerden”.

 

PREPARAR LOS CAMINOS DEL SEÑOR

    Debemos tener presente que en el tiempo de vigilancia y de espera confiada que es el Adviento, nadie puede olvidar que  la segunda del Señor puede coincidir con nuestra propia muerte. Por lo tanto, el Adviento debe motivarnos a la conversión y al cambio sincero de corazón, para que sea bueno y misericordioso como lo es el corazón de Dios. Por eso, llevando en consideración aquellas palabras de San Juan: “Si decimos que no tenemos pecados, nos engañamos a nosotros mismos y somos unos mentirosos” (1Jn 1,8); todos debemos ser sinceros. Nadie puede convertirse sinceramente, si voluntariamente, ocultando o no tomando conciencia de los pecados cometidos, expresa cosas semejantes a  esta: “Si yo no tengo pecados, para que voy a confesarme”…

 

LAS DIFICULTADES Y LOS TROPIEZOS

En la vida, cada uno debe aprender a caminar con las dificultades y los tropiezos que se le presentando desde el mismo instante de a concepción, la gestación y el nacimiento. También, de otras cosas buenas o desagradables que se van acumulando a lo largo de  la vida; como lo es la propia muerte.

Hermanos, lo anterior, es parte del mensaje clave en las lecturas bíblicas de este segundo domingo de adviento. Allí, dos profetas: Isaías y Juan Bautista, cada uno en su época, nos apremian en la preparación del camino al Señor. Isaías, resalta lo humillante que fue para el pueblo hebreo el exilio y el retorno desde Babilonia. Un  pueblo agobiado por el exceso de mensajes y vivencias de consumismo, política y manipulación; semejante al nuestro. Un pueblo necesitado de de profetas verdaderos. Profetas que con palabras de consuelo. Hablándoles al corazón, los orientaran hacia la reconciliación y al perdón. El único camino que nos puede llevar a Dios. (Is 40, 1-5. 9-11). En el Evangelio, San Marcos proclama y señala la buena noticia de Jesús, el Mesías. El Hijo de Dios esperado. San Juan Bautista, un hombre austero y pobre, que vive en el desierto, es el mensajero de esa Buena Noticia. Él, como precursor del Señor predicaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”: el camino de Dios hacia el pueblo y el camino del pueblo hacia Dios”; para lo cual es necesario la purificación y la conversión sincera (Mc 1, 1-8).

 

¿QUE ES PREPARAR LOS CAMINOS DEL SEÑOR?

Hermanos, todavía hoy, como hace más de dos mil años, viviendo con esperanza y optimismo; con los pies firmes sobre la tierra, cada uno debe preparar el camino del Señor que viene. Pero, específicamente, ¿qué es preparar el camino el Señor? –Entre muchas cosas, en nuestro tiempo y en nuestras circunstancias, pudiera ser: No gastar como locos la segunda quincena de noviembre ni la primera de diciembre, es decir, el aguinaldo o aquella cosecha que tanto sudor nos ha costado. Tampoco, sacar de nuevo, aquellas cajas donde guardamos las figuras del pesebre; así,  como aquella molestia que nos causa  el desenredar las instalaciones eléctricas del arbolito y del pesebre y, el limpiar y acomodar los adornos de la Navidad…

Hermanos, preparar los caminos del Señor es algo más profundo y trascendente: es cambiar para mejor, todo aquello que en nuestra vida familiar y de convivencia, ha sido problemático. Es, una mayor comprensión y afecto entre los esposos, entre los padres y los hijos; entre los hermanos, amigos y vecinos. En fin, es mayor servicio desinteresado por los demás. Es acercamiento hacia aquellos familiares y amigos que hemos entristecido o hemos mantenido  alejados desde hace años.

 

ES CAMBIAR PARA MEJOR  ESPIRITUAL  Y LABORALMENTE

También es, cambiar en algo nuestro compartimiento dentro de la Iglesia: menos crítica, menos chismes, menos figurar y más trabajo. Y,  por encima de todo, cambiar para mejor en lo espiritual y en lo laboral. Ser más puntuales, menos perdedores de tiempo, mayor atención a los hijos y a los padres. Más educados y más cordiales con todos. Y sobre todo: acercarnos más a Dios en la oración y en la Eucaristía. Si con esto no cambia en algo nuestra vida  este diento, es porque nos falta fe. ¡Pidámosla…!           (padreraulr@hotmail.com)

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