Homilía de Mons. C. Oswaldo Azuaje P.  en la Ordenación Sacerdotal de Víctor  Vázquez Lozada

101_1759

Santa Rosa, Trujillo, 30 de agosto de 2014

Querido, hoy es un día único en tu historia en el que se revela con mayor luz el misterio de tu vida como hijo de Dios: hecho a imagen y semejanza de Dios, redimido por la muerte y resurrección del Hijo de Dios, bautizado e integrado desde niño a la comunión con la Trinidad Santísima y con la Iglesia,  hoy – Víctor  Vázquez Lozada-  serás transfigurado por la acción del Espíritu Santo, a través de la acción sacramental que realiza tu obispo, en un hombre nuevo que vive enteramente para el amor en la entrega y el servicio sacerdotal. Hombre llamado a la santidad y a la santificación de los demás hombres y mujeres a quienes convocas, por la palabra y por los sacramentos, a la maravillosa vocación de ser hijos de Dios.

Desde siempre, como dice la primera lectura de hoy –desde el seno de tu madre- fuiste llamado misteriosamente: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” (1,5). Sí, Dios te llamó desde siempre. Tu vida en estos años de formación sacerdotal ha sido una preparación a través de los estudios y la guía de tus formadores, tanto en Trujillo como en La Guaira. Pero ya antes, en tu hogar, con tus padres y tus hermanos, en el seno de una familia, iniciaste una historia de salvación. Tu familia es fundamental en el cultivo de tu vocación sacerdotal y religiosa. Luego vinieron los años de la escuela y el bachillerato. Como diría Santa Teresita: “todo es gracia”. Aunque hayas experimentado tu pequeñez ante lo grande que es Dios, aunque hayas vivido la fragilidad de la naturaleza humana –consciente de que llevas un tesoro en vasija de barro, haciéndonos eco de San Pablo en la 2 Corintios-, aunque hayas experimentado el miedo ante lo desconocido, como el profeta Jeremías que dice: “no soy más que un muchacho que no sabe hablar”… Dios, Padre amoroso, ha sido central en tu vida. Tu historia humana, con retazos de carne, hueso y espíritu, es la base para que seas cercano y amigo de los que sufren, de los más frágiles, de los alejados. Sí, Alexis, Dios te llama a proclamar su Buena Noticia a la humanidad, sin discriminación. Hoy Dios te hace una criatura nueva, un sacerdote servidor y santificador. Si todo es gracia y bendición: hoy recibes la mayor gracia de tu vida, después del bautismo: ser sacerdote al estilo de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote.

El Papa Francisco señala en su Exhortación Apostólica “Alegría del Evangelio” (Evangelii Gaudium): “Aun cuando la función del sacerdocio ministerial se considere «jerárquica», hay que tener bien presente que «está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo». Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su autoridad, que es siempre un servicio al pueblo”. Ten siempre en cuenta esta observación del papa pues el sacerdote es un humilde servidor cuyo único poder se edifica sobre la gracia y la misericordia. La celebración del misterio de la Eucaristía –la Santa Misa- expresa todo el sentido de la vocación de un humilde servidor, como Jesús, que se da como pan de vida. La Eucaristía es la entrega del Hijo de Dios que se hace pan de vida y bebida de salvación, y a su vez es la expresión sacramental de una entrega sacerdotal fundamentada en el amor y la gratuidad. En el sacerdote el “poder” está subordinado al amor y no al revés. Tu vida será fundamentalmente un vivir para amar, que es vivir para los demás, como Jesús, Buen Pastor.

Como sacerdote estudiarás y enseñarás la Palabra de Dios en nombre de Jesús Maestro. Lo harás con alegría, meditarás esa palabra y procurarás creer lo que lees, enseñar lo que crees y practicar lo que enseñas. El rito de la iglesia te invita a ser buen colaborador del Orden episcopal –de tu Obispo y sus sucesores- apacentando el rebaño del Señor y dejándote guiar por el Espíritu Santo. Esto te refiere a la Iglesia, la misma que te confiere, por mis manos, el ministerio sacerdotal. La unidad en la Iglesia es un designio de Jesús: que todos sean uno. Tu ser de sacerdote te llamará continuamente a vivir y velar por la unidad de la Iglesia. A todos nos congrega el único Pastor, Jesús, quien nos escogió para ser sus enviados, sea como obispos, sea como sacerdotes, sea como religiosos, sea como laicos. Y todos contribuimos a la construcción de la unidad en un mismo amor. Esto se hace manifiesto en el testimonio para realizar lo que nos pedía San Ambrosio: “que su santidad sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres… y vendrán a ser imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres”.

Tus manos serán una señal de perdón para muchos que buscan la reconciliación con Dios. Que jamás el sacramento de la reconciliación se convierta en una “tortura” –como señala el Papa Francisco- para quien ha sido llamado a la conversión, que sea más bien en tu ministerio sacerdotal un instrumento de la misericordia de Dios. Tus manos serán fuente de consuelo y unción saludable para los enfermos, los ancianos, los moribundos. Manos que llevarán a Cristo a los niños y a los jóvenes. Manos que bendecirán a los que se aman para construir la familia cristiana en el santo matrimonio.

Tu voz deberá ser voz de Dios y profecía que anuncia que Dios es amor y que denuncia cuando ese amor no es amado, cuando no se respeta la dignidad de la persona ni el derecho a la vida. El sacerdote hoy en día no debe jamás perder su dimensión profética. Profeta es el que anuncia que sólo Dios tiene el poder y la gloria, que quien vive en la verdad no convive con la mentira ni con la maldad. La misión profética solamente se puede efectuar cuando el profeta es hombre de Dios, curtido en la oración, en la contemplación del rostro amoroso de Cristo. La oración debe estar siempre en el camino del sacerdote y profeta.  El profeta anima a sus hermanos cuando la noche oscura de la vida se presenta. Sabe que  no tiene por qué temer: “el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida ¿quién me hará temblar?”. Hoy Jesús te dice que “no hay que temer”. Con el profeta Jeremías, ante las dificultades que nos plantea el mundo de hoy también te sentirás comprometido con la esperanza de los profetas: “el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado” (Jer 20, 11). No hay que temer los retos ni desconfiar de aquél en quien has puesto toda tu confianza: Dios.

La comunión y la obediencia hacia tu obispo será también una expresión de tu identidad sacerdotal, como lo manifiestas en este día al jurar obediencia a mí. Mi insistencia en este aspecto tiene que ver con la necesidad de que estemos siempre en comunión. Esta dimensión de tu vida sacerdotal también te identifica y te hace fraterno, hermano, entre los demás sacerdotes, miembros del presbiterio diocesano. Construyamos juntos esa unidad para que seamos también testigos de la misma en el corazón del pueblo de Dios que es la parroquia. ”Entonces Jesús les dijo: La paz con ustedes. Como me envió el Padre, así también yo los envío”. La paz de Cristo en comunión es el mejor signo de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Jesús nos da la paz y nos envía a construir la paz fundamentada en la verdad y el perdón. Unidos seremos también testigos del mandamiento nuevo que Jesús nos legó: ámense los unos a los otros como yo los he amado.

Los desafíos que nos plantea la realidad de nuestro país son muy grandes. No podemos ser superficiales en la respuesta a ellos. Por este motivo, te invito a que seas un hombre de oración. No basta con que hagas oración. Que la oración como elevación de todo tu ser a Dios-Amor sea la juntura de tu corazón a la voluntad de Dios. Al amparo de ella serán ungidos tus pensamientos, palabras y acciones para que lo que trasmitas sea cosa de Dios. La oración fortalecerá tu fe en los momentos recios y en las tentaciones, que no serán pocas. La oración te educará en el amor, la humildad y la caridad pastoral. Te recomiendo, en tu oración ten por modelo y guía experimentada a la Santísima Virgen María. Ella te animará mejor que nadie a seguir a su Hijo en el Calvario y en el Tabor, en la muerte y en la resurrección.

Nuestra Iglesia trujillana tiene por delante una gran misión: la realización del Sínodo Diocesano para que sea una Iglesia Discípula-Misionera. Haz camino sinodal con este pueblo que te acoge hoy en ésta, tu parroquia de Santa Rosa, para que tu vida sea la de un verdadero apóstol del Señor y pastor del pueblo de Dios. Mis felicitaciones a tu mamá, tu papá, tus hermanos y el resto de tu familia que hoy te acompaña con cariño y con fe. Agradezco a todos los que contribuyeron con tu formación y a los fieles de la parroquia Santa Rosa que, con su párroco –el p. Ramón Urbina- se han esmerado en la preparación de este memorable día. ¡Bendito sea el Señor que en su gran misericordia nos ha convocado para vivir esta hermosa experiencia de una Iglesia en marcha!

+C. Oswaldo Azuaje Pérez, OCD

Obispo de Trujillo