La práctica de la corrección fraterna no es cualquier cosa.

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DOMINGO 23° – ORDINARIO – Ciclo “A”  –   (Texto: Mt 18, 15-20)

Thaís, una mujer de la antigüedad, famosa por su belleza y por su vida entregada al libertinaje mundano, llegó a vieja y al mirarse un día en el espejo, toda fea y arrugada, lo rompió y nunca más quiso mirarse en ellos.

 

ESPEJOS Y PROFETAS 

    Hermanos, la “corrección”, tema fundamental de la palabra de Dios este domingo, es como el espejo que pone ante nuestros ojos la realidad del cómo estamos y cómo somos. Por eso, un espejo podría compararse al profeta que escogido e inspirado, está capacitado para leer los signos de los tiempos y transmitir anunciando y denunciando, los mensajes de Dios. Siempre previniendo y prediciendo en favor o en contra del pueblo con quien convive el mismo destino, las mismas esperanzas y preocupaciones. Ante el infortunio del culpable, el verdadero profeta no puedecallar ni hacerse el indiferente; tampoco gozarse de las debilidades del prójimo como cualquier chismoso. El verdadero profeta, responsable y obediente a la voz de Dios, de frente y con caridad, debe denunciar para corregir y salvar. Lo expresa el Señor cuando dice:“Si cuando yo diga al malvado: ¡Eres reo de muerte! Tú no le adviertes para que deje su conducta, el malvado morirá por su maldad, pero yo te pediré cuentas de su muerte” (Ez 33, 8).

NADIE PUEDE PERMANECER INDIFERENTE

     Hermanos, en cualquier comunidad, llámese hogar, escuela, pueblo, Iglesia o grupo de apostolado seglar; nadie puede permanecer indiferente ante lo que los demás hacen o dejan de hacer. La forma de comportarnos -bien o mal-, siempre va a influir en el resto del grupo. Si nuestro comportamiento  es bueno, muchos querrán imitarnos. Y si es malo, para que no hagamos daño, cualquiera querrá corregirnos o alejarnos. Nadie puede hacerse ciego, sordo o mudo ante la amenaza de algo que puede  deformar o destruir el buen funcionamiento de una comunidad o institución. Y Dios puede pedir cuentas. Recordemos el texto del profeta citado al principio (cf. 33,8).

homiliaCORREGIR AL HERMANO

    En el Evangelio de este domingo encontramos una importantísima lección del Señor para todos; especialmente para los que compartiendo esta Iglesia nos llamamos cristianos. El Señor, a través de unas normas y un itinerario nos muestra una forma práctica de corregir a aquel hermano, que al faltar pierde el rumbo y puede extraviarse. Nos dice:“Si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas… Si no te escucha… toma contigo uno o dos testigos… Si no te hace caso díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o publicano”; es decir, como alguien extraño al grupo (cf. Mt 18,15-17).  Entonces, son varias y discretas, las tentativas que el Señor nos presenta para reconciliar al hermano, que aunque se equivoca, nunca debe ser herido o humillado. A través del diálogo y la reflexión, el cristiano debe buscar de todo corazón el abrazo y la alegría de su retorno. Pero, si la persona prefiere permanecer en su error, aunque sea doloroso, debemos respetar su decisión.

CORRECCIÓN Y AMOR CRISTIANO

   La práctica de la corrección fraterna no es cualquier cosa. Aunque pueda parecer dura, es una exigencia y un acto de caridad mandado por el Señor. Siempre habrá que actuar con delicadeza y, si fuera necesaria una crítica; la misma, ha ser constructiva y muy cristiana. Nunca se debe confundir ni matar el espíritu de la persona que queremos ayudar. El cristiano antes de actuar como juez, debe ser misericordioso. Debe mirar con humildad y sinceridad su propio interior. Eso evitaría la hipocresía de los que creyéndose mejores intentan retirar la astilla del ojo del otro, mientras llevan un tronco  en los suyos. (cf. Mt 7,3-5).

UNA PRÁCTICA DE LA LEY DEL AMOR

   La advertencia y el consejo, unido al testimonio de vida, es la mejor prevención a utilizar por unos buenos padres y madres de familia, por un sacerdote o educador responsables. La verdad duele, molesta y crea enemigos; por eso, siempre debe ser expresada con la caridad y el amor que Cristo nos enseña. Nunca podemos atacar y golpear al  que con buena intención, intenta ayudarnos. Aconsejar responsablemente al niño, al joven, al adulto y un pueblo entero que se extravía, debe entenderse como una práctica de la ley del amor de Dios, que quiere que todos se salven: “El Señor reprende a quien ama, como un padre a su hijo favorito”(Prov. 3,12).

     Entonces, recordando a la famosa Thais vieja y arrugada, rompiendo espejos; sigamos con nuestra Eucaristía, poniendo nuestra conciencia y la de nuestros hermanos frente al “Justo Juez”. Todos necesitamos manos amigas que nos corrijan, nos levanten y nos acerquen a Dios. Así sea.-

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